piedras


Érase una vez una madre a la que no le gustaba nada planchar. Se le daba bien cocinar por colores sin probar jamás la comida, guiada por el olor. Se le daba bien limpiar ordenando libros y papeles mientras viajaba en el tiempo. Se le daba bien lavar sin mezclar ropa aunque alguna vez la colada salió rosa pálido, muy a juego con todo desde entonces.
Érase una vez un niño estirado en el más amplio sentido. Estirado de ropa, el puño colocado en la muñeca, el cuello con el cuello, el pantalón a la altura del ombligo. Estirado de pelo, con la raya milimétricamente hecha en el centro geométrico del cráneo, peinado y repeinado y retocado cada vez que pasaba por delante de un espejo. Tan estirado de pelo que hubo que cortarlo un poco para que le permitiera ver el mundo. Estirado de cuerpo, tanto que batió todos los records, veinticinco centímetros en un abrir y cerrar de ojos.
Su madre se esmeraba en plancharle bien la ropa, luchaba con la tabla de la plancha, luchaba con el vapor, luchaba con las arrugas que iba formando sin querer, estas arrugas al menos eran de una ecuanimidad y de un estiramiento inmaculado.
Respetaba su peinado, sólo le llevó a la peluquería después de avisar durante dos meses que el pelo no se moja cinco veces al día en pleno invierno y menos después de haber tenido gripe, que el gorro se pone y se quita dependiendo de la temperatura ambiente y no de los espejos disponibles para retocar rectitudes. Ahora, tan sólo le acaricia la cabeza primero porque le quiere muchísimo y segundo para intentar desenfadar un poco su aspecto.
En cuanto al record de su cuerpo, es cierto que se ha enfadado con el médico por no haberlo previsto, que significa darse cuenta antes de que ocurra y sea tarde. Se queda mirándole cuando juega en la alfombra con su coche y no sabe dónde estirar el resto de cuerpo al que no está acostumbrado. Escucha sus miedos: ¿Si sigo creciendo así qué voy a hacer si estoy en tercero?
Esta madre se plancha las palabras mientras su hijo estira los oídos, le habla de los niños gordos, de los niños bajos, de los niños con gafas o con braquets; le habla de los niños de colores y de los niños transparentes, de los niños que les gustan los niños y de las niñas que les gustan las niñas, de los niños que les gustan niñas que no los miran y de las niñas que les gustan niños que no las oyen, de los niños que tienen dos mamás y de los niños que no tienen a nadie; de los niños que hablan por los codos y de los que no dicen ni una palabra; le habla de Marcos que nació sin brazo y de Pedro que nació con seis dedos. El toque final es invitarle a sumar para ver quién está libre de ser apedreado, pero para entonces están tan distraídos contando historias de personas así, normales, que el niño plancha sus oídos y la madre estira sus palabras.




lola lópez-cózar


Comentarios

  1. Tu zorro1.3.09

    Muchísimo más, como el mar a las olas.

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  2. la inmensidad de la esperanza, que debemos proteger sea como sea...
    besos

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  3. Anónimo3.3.09

    ...sigamos, a pesar de todo, sembrando el amor, el despertar.

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  4. Isa Motta3.3.09

    Vamos poesía!!!

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