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En un país muy lejano, cuyo nombre se ha roto por ahora, vivía un niño pequeño que se bañaba en el río, subía a los árboles y mataba un pájaro de cada mil intentos para comer.
O tal vez también puede ser así: “Allí” vivía un niño pequeño que miraba como los mayores se tiraban al río, cogían algún pez o buscaban en la orilla dientes de oro tras cada cremación, subían a los árboles para coger sus frutos y lo dejaban practicar con el tirachinas después de haber ido a recoger los pájaros alcanzados.
O quizás tampoco ocurrió así, lo cierto es que de aquel país lo más bonito fueron los árboles, los pájaros y un río, después de esto las personas que no vivían en su casa, porque las personas que no viven en nuestras casas, “Aquí” y “Allí”, suelen ser las menos dolorosas.
Lo peor de “Allí” era una botella que se multiplicaba, que se escondía, que tenía el color de un refresco y un olor tan fuerte que te agarraba la nariz impidiendo respirar.
Tras esta botella había siempre un hombre que hacía casas y arreglaba muebles o hacía muebles y arreglaba casas.
Cuando la botella lo alcanzaba tapándole la nariz con fuerza, se quedaba tumbado mientras las casas seguían a medio construir y los muebles se destruían por completo.
Cada vez que la botella se ponía por delante del hombre se producía una batalla a muerte. En cuanto el líquido casi transparente le tapaba las fosas nasales, el hombre se defendía con uñas y dientes, braceaba, se revolvía y antes de caer al suelo, mucho antes de caer, se llevaba por delante cuanto había a su alrededor, que eran dos camas, un colchón, una olla, una lámpara de petróleo, una mujer, tres hijas y un niño pequeño, porque el mayor, el más fuerte, se marchó tiempo atrás a trabajar a la ciudad para mandar dinero.
A veces la botella lo perseguía hasta la casa que estuviese arreglando y aunque no luchaba tan a muerte con ella para no herir a sus compañeros, estos lo llevaban inconsciente a casa y lo tiraban en el colchón porque a la cama ahora le fallaba más de una pata.
La madre echaba a todos al río, al bosque, a buscar pájaros mientras ella tiraba la botella inútilmente, porque como ya explicamos tenía la costumbre de multiplicarse por todos los rincones.
El mal de la botella era muy común en este lejano país cuyo nombre se ha roto por ahora y era común porque la vida era difícil y a veces imposible, por eso aprovechaba la fragilidad de las personas y las atacaba hasta acabar con ellas y con todo su alrededor. Y así ocurrió, lo destruyó todo menos a los niños que ya no pudieron ir al bosque, ver pájaros o bañarse en el río.
En un país muy cercano, tan cercano que jamás se nombra porque se está dentro de él, vivía hace tiempo una familia y una enfermedad mental, todos en la misma casa. La enfermedad mental se parecía mucho a la botella, atacaba sin previo aviso y la persona agredida agredía tratando de quitársela de encima y en esta lucha destruía todo lo que había a su alrededor, que en este caso era muchísimo más que dos camas, un colchón, una olla, una lámpara de petróleo. Peleaba con cualquiera que se pusiera en su camino y lo peor es que su camino jamás era predecible para así evitarlo y salvar la piel.
En este mismo país vivía hace el mismo tiempo otra familia y otra enfermedad mental, todos en la misma casa. La enfermedad mental tal vez se parecía a la botella pero el efecto en esta gente era muy distinto porque esta familia para no herir a nadie se quitaba su propia vida pensando que muerto el perro se acabó la rabia. Se equivocaban, muerto el perro la tristeza lo invadía todo y algunos para no contagiar tanta pena seguían el mismo camino. En este camino predecible era inevitable perder la piel.
Estas familias se encontraron dos veces. La primera vez una mujer de la primera familia se enamoró de un hombre de la segunda. La mujer destruyó y el hombre se acostó con ella pero a la mañana siguiente amaneció colgado para no contagiar. Contagió a su pesar, porque la mujer lloró y lloró, destruyó y siguió llorando hasta que le dieron una niña de la familia del hombre para ocuparla en otra cosa. No fue otra cosa, fue la misma, pero la niña se hizo grande y sobrevivió. Sobrevivió tanto o tan mal que se casó con un chico de la familia de la mujer y así se unieron por segunda vez.
Este chico de pequeño peleaba con la tierra intentando encontrar a la madre que se había tragado sin que él pudiera conocerla, luchaba con su padre porque sus caminos se encontraban a diario y tenía que salvar la piel.
Cuando se casó con la mujer de la otra familia era perseguido por la botella y a su vez perseguía a otra mujer que tenía en otra ciudad. Andaba por tantos caminos porque estaba acostumbrado a cruzarse con todos los problemas y no sabía vivir de otro modo.
Cuando se quedó embarazada su mujer, la primera, de la otra sólo conocemos el nombre y la ciudad, quiso un niño fuerte, capaz de afrontar caminos a la deriva, pero salió una niña frágil y lista. La próxima vez será, dijo como hablaba su familia, con tono de amenaza y la próxima vez vino alguien con tanta prisa que no podía esperar donde debía. Él pensó que era un niño fuerte que empezaba a atacar sin previo aviso. Ella temió que fuera otra niña que quería acabar con todo cuanto antes.
Llegaron las contracciones cuando aún no tenía posibilidad de sobrevivir y su madre pensó que acertaba, pero su padre llegó tan borracho que le dijo “hoy no, aguántate” y ella se aguantó sin saber cómo.
Cuando nació era una niña que no pudo esperar y rompió el molde y lo previsto. Siguió con la misma prisa año tras año, se aburría con los niños de su edad y cuando le dijeron que el aburrimiento era síntoma de poca inteligencia, supo que era tonta hasta el hartazgo. Siguió con la misma prisa y agredida y agrediéndose creció demasiado rápido dijo su madre y lo mismo confirmó el primer chico que la amó y al que llamaron profanador de cunas, mientras la cuna se fue como la pólvora. Insatisfacción vital dijo su segunda pareja y siguió ofreciéndole la botella de su padre por ver si se calmaba. Alguien con más prisa aún murió de un golpe y ella intentó matar el perro porque no podía con tanta rabia. A punto de conseguirlo conoció a otro alguien que se negó a creer en la genética, que comprendió su prisa sin intentar frenarla. Quiso tener hijos jamás biológicos pero el amor deseaba unos ojos iguales, una cabeza igual y aunque no comprendió para qué otro ser con tanta prisa, con tanto aburrimiento de lo mismo, tan poco inteligente, se dispuso a repetir la historia empeñada en cambiarla desde cero y el cero le dio cero en el cuerpo de su hermana, esa niña frágil y lista que necesita una novela para expresarse. Y aquí la enfermedad de los cuerpos que se atacan a sí mismos, sin razón conocida y aquí la historia con diagnóstico pide prudencia, pero la hermana por una vez en la vida tiene prisa y tira hacia adelante con los ojos cerrados. La madre tiembla como nunca ha temblado y agradece al rayo que ha parido que se quede con ella.
Se queda con la vida pero entretanto, para buscarla, debe irse muy lejos, tan lejos que el nombre del país por ahora está roto. Allí le enseñan a esperar a bofetones, los suyos no le duelen, el umbral del dolor es algo relativo con cierto adiestramiento, le duelen los del niño, el niño de los árboles y el río, el niño pájaro. El niño de la prisa la espera y le reprocha el tiempo mal vivido. Pero luego se miran y sonríen porque van al mismo ritmo y ya nunca se aburren y dejan de ser tontos de repente y son capaces de entender a la gente frágil, tan frágil como ellos, que fueron asaltados al azar por botellas sistémicas y brotes destructivos y entrenan fieramente por escapar de todo lo que atacó cuanto quisieron.




lola lópez-cózar


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