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La noche me llama en su mitad y no me deja ir hasta que no me hacen efecto sus pastillas, luego levantará el mundo su claridad en las ventanas y yo me quedaré doblando la jornada.
A lo mejor es físico y ya está, no hay más para llorar, pero siempre acabo sin entender por qué he venido hasta aquí.
Con el frío agrandando los miedos, la pregunta es por qué como círculos concéntricos tragándome, qué fácil, hasta que soy capaz de encontrar la palabra infinito para un no entender por qué yo, por qué allí.
Y aquí o allí lo mismo da. No pongo la distancia. La distancia está puesta a machetazos. Hablo de los tres años y hablo de ahora, no encuentro diferencia. Me miro esta noche como otra cualquiera y siento que es muy triste no avanzar en dureza, una historia de patos horrorosos transformados de piedras a diamantes, pero no, la misma piedra día y noche, igual de frágil.
Hay halagos que van con puñetazo, hay historias que se sustentan en silencios, plurales, consensuados. Hay voces discordantes, igual son las mejores, igual son diferentes nada más. Hay otros puntos de vista con fotos de muertos colgadas al lado de juegos intocables, y desde ellos en la vida hace frío, en la vida hace miedo y hace insomnio y hace miedo otra vez. Hay otros puntos de vista con recuerdos y orígenes y niños complicados que mojan cada noche las sábanas y gritan pesadillas, que nacieron así y así van a ser siempre, están predestinados.
A lo mejor es físico y no hay más, una glándula que enturbia la mirada, haciéndola oscura, como una extraña que marca la distancia.


lola lópez-cózar


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