sobre la marcha



Un paisaje desnudo. Ascender. Apenas la silueta de un camino. Nubes claras sobre un cielo rabioso. Sombras en las piedras, en la hierba que se balancea. El viento va uniendo las nubes, las hace una, las compacta, separa luego briznas, trozos sueltos que se dividen y se hacen uno, uno distinto que se desliza y se aleja solo, que contrasta con el azul, porque ese azul es la furia de un día irrepetible. 
Como esas nubes, dos figuras avanzan lentamente, igual que ellas, quizás por el viento del amor, por el viento que duele y golpea y confunde las palabras, confunde los actos, las lecturas de esos actos, escriben en el paisaje desnudo sus argumentos, delimitan su piel que se balancea como la hierba que pisan, como las nubes que pasan. Sed y sol. Los argumentos. La diagonal que tacha las palabras al ser interpretadas. Ruido. Ruge la sed y el sol. Se rompen, las siluetas se rompen. Una rompe a llorar, grita y al hacerlo ya no puede entenderse nada más que la fractura, se resquebraja y cae, cae sobre sus pasos y avanza, se detiene, avanza, como si quisiera marcharse, como si quisiera quedarse, y no supiera hacer nada. Otra se rompe, se rompe de golpe en una grieta única, cae, cae al suelo, se da contra las piedras sin que puedan dolerle, se queda quieta y mira la hierba frente a sus ojos, sigue el zigzag de la otra figura, sus fisuras, la lluvia que la empapa, la ve y ve las nubes, dos, una y luego dos distintas, así está ocurriendo en su cuerpo bajo el sol y la sed. Al fondo el mar, lo imprevisible de su alcance. Se queda sola, no puede llorar, no hay lágrimas para tanta tristeza, pero se habla, lejos de cualquier argumento se dice NO, no más. Ha pasado un buen rato bajo el sol y la sed. Decide levantarse sin nada que contar, salvo el no y la sed. Busca las lágrimas de la figura rota, vence la resistencia de todos los malentendidos y la abraza, la sostiene, quizás la retiene contra su cuerpo, bebe de ella el daño, bebe el amor que hay detrás, que se abre paso hasta su boca seca, mezclando las gotas de sudor como las nubes por el viento. Recuerda que en un principio fue el verbo, pero pasado el verbo que no era más que una forma de deseo, el verbo ya no se dice, se hace simplemente. Recuerda la mirada, la sonrisa, las manos, los besos interminables y ni una palabra, quizás vamos allí o tienes hambre. Y ahora, de nuevo hechas dos, dos figuras que se buscan en zigzag o desplomadas contemplando el viento sobre la hierba, es el tiempo del silencio, un silencio nuevo depredador de ruidos, buscador de encuentros, un silencio sobre el que se ama, cómo olvidarlo, si ese amor sigue siendo un terremoto intenso que cambia la ordenación de los paisajes, desde el mismo momento en que se vieron, hasta este día donde quisieron encontrarse con el mismo ímpetu de siempre y se rompieron, se rompieron dando una forma nueva a cada una de sus vidas, dando una forma nueva a su manera de vivirla juntas. Después ya no más lágrimas, se unieron sus manos como el extremo de dos nubes confundidas, y saciaron su sed bajo la primera sombra, se recorrieron lentamente, como quien descubre un paisaje distinto y luego más aprisa, como quien quiere perderse en él y no volver nunca a extraviarse. Se quedaron dormidas sobre el nuevo encuentro y cuando cayó la tarde y despertaron todo fue silencio. El agua salada era silencio, los pasos, las sonrisas, las canciones a tope carretera adelante, todo era silencio, tanto silencio y tan bonito, que una rompió a llorar de paz hasta que oyó una risa que le revolvió el pelo, y le dijo lo que solo se puede escuchar en silencio.

lola lópez-cózar

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