lunes

materia prima


A un centímetro de la extinción,
las notas en bucle de los días iguales, 
el aliento de las nubes que saben a borrasca. 
 
Resignifico el color amarillo,
el silencio me auxilia, 
el silencio desde el que pronunciar un devenir distinto, 
el olor de lo nuevo,
los guiños. 
 
Las palabras vuelven a ser materia prima 
de una historia forjada por el viento.

lola lópez-cózar

restauración



Lija la memoria afectiva de los hechos. 
Desprende las imágenes incrustadas, 
las hace viruta, 
polvo en el viento circular del cero.
 
Despega las mentiras, 
barniza el silencio. 

Crea la virginidad de un árbol borrando sus anillos. 

Toma los números como improntas sin atender a la suma que los hizo.
 
Ignora el dolor del roce,
el punto exacto que se repite, 
la reiteración que acumula el desgaste. 

Pasa los dedos por lo nuevo 
sin distinguir el relieve de la historia, 
los errores que conducen al acierto, 
los aciertos que provocan el fracaso.
 
Cierra en falso. 

Llena de tierra las cunetas, 
ara incluso los caminos, 
los cubre de frutales o de trigo, 
abona con muerte la primavera en flor, 
tacha los días que le faltan 
y arranca los años silenciados. 

Cierra en falso las compuertas, 
agota el agua del deshielo 
y garantiza el fin de las crecidas, 
los ríos desbordados que reclaman su cauce, 
la tinta seca de los libros 
ardiendo bajo columnas de humo, 
sosegadas después en sus cenizas.

lola lópez-cózar

miércoles

la estatura de los días

Cuando todos salieron a la eventualidad de las esquinas y siguieron andando hasta desaparecer, algunos días tus pies descalzos acariciaban la alfombra y el silencio abría sus ventanas, de par en par, simétricos recuerdos en las paredes vacías instalaron su vida.
Escaleras arriba, un recorrido, una línea ascendente. 
Todo lo que se ha ido ha comenzado a estar.
 
Las voces mutiladas enfocan sus mensajes, atrás el ruido y la defensa, escaleras arriba el blanco se desborda y es otro lugar que se concreta en ti, en la estatura de tus días.
Los sitios se reúnen y te abarcan, despliegan su apetito las historias, el tiempo y el espacio se revuelven, saca la suerte un naipe, las postales extienden su abanico de apegos en conserva, de ciudades quietas bajo el agua.
La noche cae sobre el reloj parado, sus agujas te miran fijamente, destapan el fraude desde donde brota lo imprevisto, la niebla que prosigue tu camino, la alfombra que se enrolla sobre tus pies descalzos, tu letra en las postales a la carta.

lola lópez-cózar

sábado

imprevistos

De repente, entre la cotidianeidad suave de los días, una mala película nos cambia el escenario, el decorado igual. 




No puede ser real. 


Un paréntesis con los filos doblados que atasca el discurrir del hasta ahora.








lola lópez-cózar

domingo

insonorizada la estampida

Insonorizada la estampida, se solidifica la luz, los matices se detienen donde nadie se queda.

Las ventanas abiertas, paralizan el frío que se ignora, la almohada escondida en la ausencia de piernas.

Lentamente las horas que no existen simulan su rutina, las necesidades olvidan imponerse, desplazan su ceguera y pasan a otro plano que cambia cuanto toca.

Pieza a pieza se desmoronan las paredes. 

El blanco del silencio avanza sin medida. 

La realidad sobresale simulando esconderse, y en una eternidad de segundos descosidos, se desvela asaltando el asombro del no, el asombro de la pausa que no osa moverse. 

Ojos abiertos, abiertos hasta la parálisis, para que un pestañeo no haga cierto el avance.


lola lópez-cózar

voz en off

Una va por la carretera y no es el sol lo que arde, va camino de cerrar una historia de amor, mezclar las cenizas de ella sobre la solidez de un cuerpo de hueso que espera cinco años.


A los diez minutos pasa un todoterreno rozando el espacio vital en sentido contrario en la autovía y, no da tiempo de asustarse.


El de pronto es un anestésico, un bloqueante de la sensibilidad. En caso de tener la oportunidad de superar el primer silencio, es la narración lo que nos hace temblar.


lola lópez-cozar

viernes

soga

En el extremo que agota la noche rompo los sueños, la realidad del miedo que se concreta siendo y que asalta con sus imágenes el botín del descanso.


Amanece y despiertan las sombras. Pido un beso de luz bajo la advertencia del olvido. El ventanal abierto da voz a las fachadas verticales. Yo quiero, la sombra habla. Yo quiero es un estado de guerra. Bramar es un estado sin ánimo. La rémora avanza y se dispersa, lejos del tiempo se expande, se contrae en el témpano de un eco irrepetible.


El día, fuera, marca todas las cartas, las buenas, las terribles. Las sombras deciden sin saberlo qué ocultar, ajenas a la opción que han marcado, dejan que el sol derrita los afectos. Querer no duele nunca. En primera y única persona, yo quiero, es un estado de alerta, bandera roja que se agita hasta remover la violencia de un mar errático. Yo quiero es subrayar, terminando en la punta de una flecha, todo lo que no. Subrayar y estirar la cuerda hasta la arcada del próximo lanzamiento.


El sol calienta la herida oculta bajo el pegamento de la coagulación. La molestia va sumando hechos y huecos, reduce el espacio de la tranquilidad, concluye con un soplo inclemente hasta que el lugar es no ser, no haber sido.


Desahuciar el pasado sin amputar los miembros que nos sostienen hoy, no parece posible.


Un cúmulo de figuras, de miedos cristalizados, se abren paso y reposar no descansa donde el futuro se rompe, donde la espiral impide la curación del tiempo.


La niebla se levanta desde la humedad que derrama la discordia. El suelo se divide y lo sólido se parte en dos mundos, pies y abismo, abajo la pesadilla blanca del vacío, arriba, precipicios.


Ninguna voz alcanza, los te quiero caen como piedras sin dueño, las horas pasadas detienen el reloj, desgarran la cuerda donde los equilibristas anudaban sus lazos con cariño. El esfuerzo ha perdido su brújula, los imanes repelen la incomprensión del mercurio.


Hasta dónde la arena, el mar lejano, las luces de los túneles carretera adelante.


Hasta dónde el recuerdo baraja las cartas y el azar determina la mano, lo que queda en la mesa, la trampa del bolsillo, las marcas de una historia que no es tuya.


El columpio ya no es un trampolín al cielo, se destrenza, el viento empuja, a ras de suelo la tabla en que sentarse.


lola lópez-cózar

capítulos de goma

Rodeo con los dedos las rayas de una fisonomía quietas en la instantánea que perdura. Papel y piel en una bocanada de alusiones, recuento de una vida que se extingue. Relocos boquiabiertos asentados en las versiones de una saga que no da ningún crédito. Las líneas se endurecen, afilan la interpretación de la mirada, cortan cualquier amago de caricia. Ningún caballo al otro lado de la caja. Ninguna caja al otro lado de la puerta. Ninguna puerta al otro lado de esta crónica que se apaga, arranca las palabras en el capítulo de goma con que trenzar pelotas infinitas, crea un final de papel rajado, de células muertas sobre la piel que muda la derrota.


lola lópez-cózar

sábado

tan tan tan

Tan callada, tan ausente… en la vida real nunca jamás había hablado tanto por teléfono, a veces tengo la boca seca y me duelen los labios, a cambio de todas las palabras el día pasa y no me siento tan sola. 

Este texto se debería titular tan, tan, tan, hasta el infinito, como hacen los tambores cuando invocan, como hacen las campanas cuando tienes una iglesia cerca. 

Estoy escribiendo diario de una mala película, no es diario y comienza once días después del inicio de la película, once días para no dar crédito, once días para decir no es cierto. 

Estoy fotografiando diario de una mala película, once días para decir aprieta, parece de mentira. 

Dos escenarios, un hospital y una casa. Movilidad poca. Mucho taxi. Ya no tengo que dar la dirección, sólo asentir. Hay una taxista que siempre me habla, dice que le gusta mi nombre porque ella se llama igual, a mí me gusta su nombre porque a ella le gusta tanto que conmueve, el mío me resulta indiferente. 

Muchas veces lloro, lloro porque me cuesta manejarme, porque no puedo salir corriendo, porque vivo con dolor. Muchas veces lloro porque tengo miedo, porque los esquemas se han roto y se han roto los relojes y se ha roto lo común. 

Muchas veces sonrío, sonrío porque llegar al hospital es cruzar un desierto de arena que me traga, llegar es tener de frente unos ojos amados sonriéndome desde la más absoluta incertidumbre. 

Mi mujer pez, tan callada ahora por imperativo médico, metida en su escafandra, se dedica a escuchar el murmullo que hace el oxígeno, entonces yo le invento desde detrás de la mascarilla todos los cuentos que se me ocurren, a veces se va con ellos, se le cierran los ojos y sé que los persigue, otras se queda muy pegada a mis palabras, les da la mano y sonreímos, sonreímos porque sabemos por encima de todo lo único que importa. 

Eso es lo que quiero pensar porque estoy a la deriva, porque sólo lo bello me salva, porque quien cuenta historias hace del escenario donde las cuenta parte de la historia, hace de los oyentes seres poéticos que comparten el mismo idioma de sus cuentos, porque quien cuenta historias cree distinguir en la sonrisa lo único que importa, y hay que dejar que así parezca.


lola lópez-cózar

una historia importante