Ir al contenido principal

suite para No molestar

Primer movimiento Pétalos marchitos ahogan los cuadernos. El relato desordena las horas. Abre los ojos y la oscuridad se impone. Descubre un cadáver entre los brazos. Respira la muerte. Una sonrisa desvía la atención y hace pensar en las constantes del pulso. Abre la boca y la sequedad de la tierra se consume dentro. Los cuadernos dejan quietas sus hojas. El otoño amanece sin remedio. Las palabras caen al suelo, bajo los pies se rompen. No hay veredas. El cauce del río ha cambiado el sentido. Asciende la humedad del silencio por las plantas desnudas. Las manos no desmienten la crueldad que habitan.

Primera quietud La ventana avanza hacia los ojos. La mirada no ve. Los días despliegan su vértigo pero no son capaces de sacudir el pelo de la cara. Nada se mueve dentro. Las fotos fijas reposan extendidas. Han perdido su tiempo. Se han perdido en el tiempo. No hay comienzo. El desenlace aquí. Desata los lazos. Aprieta los nudos. En la garganta sobre todo. Inmóvil. En el pecho sobre todo, donde la arritmia se concentra. Nadie sabe nada. Nadie responde porque no hay duda. Un cómo acelerando el paso hasta estrellarse contra el cristal. El cristal está helado y no siente la extrañeza. Los golpes se repiten hasta agrietar la identidad del sonido. A qué velocidad se impone la quietud. A qué velocidad se inmoviliza el mundo. La mirada no ve la niebla que avanza hacia los muros.

Segundo movimiento Quién dijo que el amor aguardaba al final de este mundo. Carga la inocencia todos los equipajes de plomo con sus manos férreas. Dice que lo logra, que lo intenta. Dice no hay miedo que pueda retenerme. Y allí se ve, sobrevolando mares a un lado y otro de esta tierra. Sin querer forzar aterrizajes, planea que su fuerza puede llegar al límite. En el límite de la orilla se desploman maletas. El agua se tiñe de abandono. La pobreza muerde las uñas y se escapa, pero sigue viviendo en los dedos heridos que señalan. La inocencia, con su intención indemne, sabe de todo el mal, no cae en la ignorancia. Apuesta al mínimo porcentaje y sin hacer cuentas quiere, quiere, quiere, quiere que la dureza encuentre un contraveneno donde los días no tengan pena ni afán de merecer, donde los días, ese mínimo paréntesis que es la vida, respiren una sucesión de reconciliaciones, se bañen tranquilamente en el afecto hasta cerrar los ojos y exhalar la última sonrisa.

Segunda quietud Hay que seguir hablando aunque todo esté mudo. Decir mañana y pronto. Planificar el orden de los sueños que ahora sudan y piden despertar. Y saber que en la vigilia los sueños son reales, se congelan e imploran dormir. Hay que seguir hablando aunque se escuchen fórmulas matemáticas para resolver el dolor, aunque se escuchen zumbidos como canciones huecas donde los planes siguen por su raíles rectos, alzándose sobre las aguas, atravesando túneles arrancados al vientre de la piedra. Hay que seguir escuchando a los dispensadores de semejanzas y hacer como que todo forma parte de lo mismo. Hay que beber despacio el ocio de las noches para no atragantarse al retener la pena. Y caminar la esfera oxigenando un cuerpo clavado en la certeza de no tener a dónde ir. Y no gritar porque no existe una palabra para designar la orfandad de una madre. Y no gritar la identidad inversa del vacío que lesiona para sobrevivir.

Tercer movimiento Es mentira este desplazamiento por las salas de espera. Un punto que parte sin marchar, que quiebra las raíces. Es mentira este brote de savia que busca tu boca cabeza abajo. Es mentira el injerto de una vida más fácil. Tiembla el bosque. El epicentro aquí, en esa mirada que no ve. El epicentro entonces, cuando ninguna espera acomodó la sala, cuando ningunos pasos pudieron acercarse. Detrás de las alucinaciones, donde las lágrimas forman globos terráqueos, donde el oído inventa las presencias, donde el sabor de la sospecha quiere dulcificar un amargo lugar equivocado, el azul de los muros simula un horizonte. El mar no llega aunque el agua cubra la barbilla, aunque los brazos sigan desplazando materia. De cerca el deterioro persiste, delata las líneas de los diques que avanzan con tu cuerpo. Debajo de las paredes el color rojo se derrama, escupe los insultos y en los dientes cerrados se instala la violencia.

Última quietud La ignorancia de un modo con que saber hacer algo distinto se nutre con el viento. Creces y crece. Los diques se derrumban. El seísmo está aquí, debajo del azul de un mar de espanto. A su paso recoge las raíces, las hojas del cuaderno, los pétalos del no, el bosque todo entero. El horizonte eleva su estatura y arrecia con el agua, lágrimas como mundos con todo lo que arrastran alimentan la ola que nos mira en picado. Fotos fijas. Stop motion. A qué velocidad dispara la mirada. A qué velocidad se derrumba una vida. A qué velocidad la niebla se instala. La esperanza en las salas se desplaza. Trae bajo la lengua las raíces. Lame esta boca mineral que apuntala el suelo, que tiembla con él llenando su vacío y tus dientes cerrados desatan los lazos, aprietan los nudos, en la garganta sobre todo, en el pecho donde la muerte se condensa.

lola lópez-cózar

Comentarios

Entradas populares de este blog

dispersión

Hoy hace frío. La ropa equivocada. Los pasos erráticos intentan detenerse. Seco pensamientos en su doble sentido y vienen las hormigas a recorrer mis páginas. lola lópez-cózar

cada día a las ocho

Bajo tu protección, recojo precipicios para sentirme viva. El eco me repite, el tiempo ya no suena.
No escribo, hablo, camino las palabras que salen de tu boca, al fondo las pastillas, el sueño que no duerme, la terquedad de un muro que apenas se sostiene. Amor ya no, sin hueco que lo exista. Sale el sol a la vuelta de un túnel que se rompe. Amanece más pronto y no hay nada, nada que se conozca como antes. La mañana se cae sobre la cama, rebota en ti, que ya en el suelo apenas dices algo. Gritas siempre. Te despiertas llorando antes de saludar. Te despierta el enojo, lo mal hecho, el cansancio, el dolor de una espalda que sostiene tu yo. Los libros pequeños aguardan en tus manos. Me recuerdas. Me buscas. Tiras de mi hacia la vida nuevamente. Te equivocas en todo lo concreto. Aciertas en el gesto, aciertas en la dirección en la que apuntas donde me pierdo imprecisa, donde me encuentro a la vez como una nube que se esparce y te llueve, me repite y gotea sobre el tacto amarillo de los gatos.

antes del desenlace

La técnica se puso el uniforme de la competición,  habló de meter al mundo en un recinto,  pero olvidó que cada trozo incluye su escenario. 
Con los contextos invisibles  no dejaron de chocar trenes  y los muebles se cubrieron de escombros. 
Sin contar con la escasez de aire,  la instantaneidad de cualquier llamada  marginó el ritual de la espera.
El cuento salió precipitado e inconexo. 
Cuanto más cerca más lejos,  los ojos hundían la vista en su horizonte de bolsillo  y había que marcharse para escuchar mejor.
La técnica siguió ofertando el ocio quieto  para descansar de estar parado. Las historias ininterrumpidas llenaban la mirada  con la vida vacía.  Ninguna pausa para la publicidad  obligaba a levantarse como un lázaro hambriento  que primero pasa por el baño,  y a solas analiza lo que lleva si le gusta.
Una noche cualquiera habrá que rajar los uniformes  y quedarse desnudo,  tomar las medidas  e hilvanar lo que nos cubre,  apagar las ventanas  y colocar un cartel de aforo limitado,  reposar las palabras …