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tan tan tan


Tan callada, tan ausente… en la vida real nunca jamás había hablado tanto por teléfono, a veces tengo la boca seca y me duelen los labios, a cambio de todas las palabras el día pasa y no me siento tan sola. 

Este texto se debería titular tan, tan, tan, hasta el infinito, como hacen los tambores cuando invocan, como hacen las campanas cuando tienes una iglesia cerca. 

Estoy escribiendo diario de una mala película, no es diario y comienza once días después del inicio de la película, once días para no dar crédito, once días para decir no es cierto. 

Estoy fotografiando diario de una mala película, once días para decir aprieta, parece de mentira. 

Dos escenarios, un hospital y una casa. Movilidad poca. Mucho taxi. Ya no tengo que dar la dirección, sólo asentir. Hay una taxista que siempre me habla, dice que le gusta mi nombre porque ella se llama igual, a mí me gusta su nombre porque a ella le gusta tanto que conmueve, el mío me resulta indiferente. 

Muchas veces lloro, lloro porque me cuesta manejarme, porque no puedo salir corriendo, porque vivo con dolor. Muchas veces lloro porque tengo miedo, porque los esquemas se han roto y se han roto los relojes y se ha roto lo común. 

Muchas veces sonrío, sonrío porque llegar al hospital es cruzar un desierto de arena que me traga, llegar es tener de frente unos ojos amados sonriéndome desde la más absoluta incertidumbre. 

Mi mujer pez, tan callada ahora por imperativo médico, metida en su escafandra, se dedica a escuchar el murmullo que hace el oxígeno, entonces yo le invento desde detrás de la mascarilla todos los cuentos que se me ocurren, a veces se va con ellos, se le cierran los ojos y sé que los persigue, otras se queda muy pegada a mis palabras, les da la mano y sonreímos, sonreímos porque sabemos por encima de todo lo único que importa. 

Eso es lo que quiero pensar porque estoy a la deriva, porque sólo lo bello me salva, porque quien cuenta historias hace del escenario donde las cuenta parte de la historia, hace de los oyentes seres poéticos que comparten el mismo idioma de sus cuentos, porque quien cuenta historias cree distinguir en la sonrisa lo único que importa, y hay que dejar que así parezca.


lola lópez-cózar

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